Daniel Melingo: El dandy del continuado, entre el pulso del rock y el arrabal gótico
Decir que Daniel Melingo fue un músico y un actor es quedarse notablemente cortos. Melingo fue, ante todo, un arquitecto del aire de la cultura popular argentina, un camaleón sofisticado que logró transitar por los márgenes más salvajes del rock de los ochenta, la vanguardia europea de los noventa y la refundación del tango oscuro del siglo XXI. Su partida nos deja sin uno de los pocos artistas capaces de encarnar la bohemia porteña con una teatralidad cinematográfica inigualable.
Con su clarinete, saxo y coros, aportó la cuota de swing y desenfado en los Abuelos de la nada que Miguel Abuelo y Cachorro López buscaban. Su composición “Chalamán” es un clásico eterno, un reggae fundacional en el mapa del rock local.
Junto a Pipo Cipolatti, creó una de las bandas más irreverentes, irónicas y necesarias de la historia. El disco La dicha en movimiento (1983) fue un bombazo de pop, surf rock y humor negro que cacheteó la solemnidad de la época.
Formó parte de las bandas de directo más brutales de Charly, dejando su impronta en disco clave como Piano Bar.La aventura europea Lions in Love a finales de los ochenta, un proyecto de culto adelantado al tiempo ,mezclando psicodelia, dub, house y rock alternativo.
Cuando muchos pensaban que su camino seguiría por el rock, Melingo regresó a Buenos Aires para inventarse de nuevo. A finales de los noventa, con discos como Tangos Bajos (1998) y posteriormente Maldito Tango.No hacía tango tradicional para nostálgicos; hacía un tango gótico, cavernoso .Su voz se volvió un susurro espeso, sus manos gesticulaban como las de un hipnotizador de feria y sus canciones poblaron el género de malevos, linyeras, buscavidas y ambientes de humo y desvelos. Logró que las nuevas generaciones miraran al tango no como el género de sus abuelos, sino como un territorio punk, peligroso y marginal.
Daniel Melingo se va como vivió siendo un artista inclasificable. Nos queda una discografía inmensa, el recuerdo de su andar errante sobre las tablas y la certeza de que el rock, el tango y la bohemia porteña han perdido a su último gran dandy de los bajos fondos.
